Consenso, disidencia y coreografías

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Disidencia es uno de los muchos conceptos que barajamos para nombrar este proyecto. No queríamos que  fuera solo un nombre, la idea era que tuviera una función. La función de movilizarnos/invitarnos hacia un terreno (CAMPO) que, por muy desacreditado que se encuentre por la historia y  la política, incluso por nosotros mismos y nuestros diccionarios, sigue siendo un verbo dinámico que se define en cada momento de manera distinta, un territorio siempre fértil y propicio a la experimentación.

Durante el movimiento 15M en España, el sistema asambleario fue elegido como una metodología de comunicación, discusión y toma de acuerdos. Se trató de una práctica social y política que perseguía, entre otra cosas, el restablecimiento de formas de consenso plenas. Amador Fernández Savater, escritor y pensador, implicado directamente con el movimiento, en una conferencia dedicada a las escénicas en enero del 2012, planteó una duda que bien podría ser el germen de este proyecto. En esa ocasión afirmó que las formas de consenso plenas, no solo de los totalitarismos o dictaduras, incluso de los movimientos que buscan transformaciones positivas para las sociedades, en general no tienen idea de qué hacer con la disidencia, con aquellas personas, ideas o procedimientos que difieren de la conducta mayoritaria. En otras palabras, Amador lanzó una pregunta y un problema. Visibilizó una zona ciega que muchas personas no sabemos resolver más que con exclusión. ¿Qué entendemos por disidencia? ¿Hacemos disidencia a qué? ¿Por qué hacerla? 

Después de un siglo de totalitarismos y dictaduras alrededor de mundo, vino la democracia. Uno de sus pilares fundamentales ha sido el “consenso”, un acuerdo tácito entre Estado y ciudadanía, en el cual, el primero se encarga de administrar lo necesario a la segunda, y esta evita manifestar su descontento si está en desacuerdo con algún aspecto de la relación, limitándose a trabajar y distraerse.. Así, el Estado asegura la estabilidad suficiente para el restablecimiento y mantenimiento del orden y civilidad propias de una sociedad moderna. Con el retorno de la Democracia el derecho civil al desacuerdo fue nuevamente desplazado, esta vez, por mecanismos de espectáculo que atomizaron la percepción de nuestra realidad. Experimentamos las consecuencias de la reiterada presencia de la televisión en casa, la inflación de la publicidad que sostiene y aumenta el consumo, y, la sobre valoración de toda clase de divertimentos ajenos al núcleo vital de la sociedad. Durante más de 40 años, desde los 70′ al inicio del nuevo siglo, a excepción de algunas explosiones localizadas, la sociedad prefirió quedarse en casa viendo la televisión que poner el cuerpo para defender su derecho a disentir. La amenaza era clara, si alborotábamos el consenso podrían regresar las dictaduras.

En la actualidad, el consenso se ha roto. El Estado, en algunos casos, garantiza solo mínimos, habiendo sido expropiadas sus funciones (o vendidas para ser más precisas) por un régimen de privatizaciones conducido por criterios económicos y empresariales. La narrativa del consenso entre la política y los ciudadanos perdió su correlato a raíz de la evidente pérdida o inexistencia total de derechos sociales (como ocurre en Latinoamérica) y el rápido advenimiento de la precarización de las vidas.

Pero a partir del siglo XXI, comenzaron a suceder una serie de acontecimientos sociales en respuesta a las transformaciones producidas por el cambio de paradigma económico gestado desde la década del sesenta, primero en Estados Unidos y después en Reino Unido. Este cambio de paradigma afirmó un modelo económico global basado en la libre circulación y producción de bienes. Un modelo que tomó como concepto de batalla la palabra “libertad” para, entre otras cosas, desacreditar y desactivar cualquier intrusión del Estado u otro agente que cuestionara el funcionamiento de un mercado global sin límites a la hora de crear focos de explotación y concentración de la riqueza.

En 1999, en Seattle, Estados Unidos, se realizó la que se considera la primera manifestación social que deja en evidencia las grietas del consenso democrático, la conocida “Batalla de Seattle”. Entre noviembre y diciembre de ese año, el presidente demócrata Bill Clinton convocó a una cumbre a la OMC (Organización Mundial de Comercio) para discutir las ventajas del proyecto NAFTA con el resto de los potenciales socios. Se trataba de la implementación de un sistema transfronterizo de libre comercio entre países, basado en la desterritorialización de la industria, el abaratamiento de la producción y la precarización laboral. A la cita también asistieron civiles de 140 países del mundo, convocados por organizaciones no partidistas, sociales, ecologistas, humanistas, anarquistas, trabajadores sindicados e independientes, en lo que sería las primera concentración global contra la globalización económica. Durante los tres días que duraron las manifestaciones los participantes desplegaron una serie de estrategias no violentas que, a pesar de contar con la represión policial, terminaron haciendo fracasar la llamada “Ronda del Milenio”.

“Acciones no violentas” implica un disentimiento en el corazón mismo de las formas disidentes que han prevalecido históricamente. También implica una inquietud por ir más allá de lo que comprendemos en cada período por disidencia, demostrando con ello la amplitud y porosidad de las distintas respuestas. Cada una de las manifestaciones en las que hemos participado o de las que hemos sido testigos diferidos, posee una serie de rasgos que pueden ser útiles para continuar pensando en lo que puede estar “entre” el artista y su contexto político. En estas formas multitudinarias de arrojar el cuerpo a la disidencia, se ve con claridad un arrancamiento de los lugares propios del cuerpo social y una conformación autogestionada de la suspensión del orden establecido.

Más allá -o más acá- de las teorías que ven en las manifestaciones el reforzamiento de un sentido identitario de comunidad, algo así como la celebración de los iguales (nada más alejado de la realidad), emerge un sentido físico. Quizás se trate de la fisicalidad compartida de lo político. Hacer presente y poner a disposición lo personal-político, a través de nuestros cuerpos y nuestro aprendizaje cultural de lo coreográfico. Maneras de compartirnos en el espacio público y de reapropiarnos de este. El deseo de practicar cierto grado de emancipación, aunque sea un espejismo temporal. Finalmente, una multitud siempre representa la potencia de un desbordamiento, y por ello, encarna uno de los principales miedos del poder, su pérdida. En ese sentido, una multitud también representa lo que queremos ver, es representación, y como todo signo, posee la cualidad de afectar nuestra subjetividad. 

Sin ánimo de hacer una síntesis, una multitud posee rasgos similares a formas coreográficas disidentes.
-Diversidad del movimiento. Entendido desde el punto de vista coreográfico, no hay coreografía porque no hay representación.
-Creación en directo de protocolos de movimiento abiertos.
-Estrategias de movilización y desplazamiento de los cuerpos en un espacio determinado en tiempo real.
-Creación y composición sin autor.
-Autorganización / Escucha activa.
-El anónimo como protagonista. No hay protagonista.
-La corporeización de una idea de “colectividad” en convivencia con las innumerables singularidades.
-Ausencia de un objeto a crear.
-Práctica colectiva de una experiencia efímera.
-Práctica colectiva de la incertidumbre.
-Utilización y administración de un tiempo otro individual y colectivo.
-…
Consenso y disidencia son dos movimientos que a lo largo de la historia de la humanidad han sido cuidadosamente coreografiados por la política de turno. Al mismo tiempo y de manera menos coordinada, el cuerpo social ha creado y habilitado espacios para suspender las formas coreográficas del poder, y junto con la búsqueda expresiva de disensos, ha posibilitado la aparición de otras subjetividades que han hecho otros “posibles”.

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