La coreografía del enemigo que llevamos dentro

El Jueves hubo una coreografía de la disidencia, y no precisamente la que generó nuestra práctica, sino la coreografía del enemigo que llevamos dentro.

El enemigo que llevamos dentro es un gran coreógrafo y escribe coreografías con la tinta de nuestros miedos más profundos.

Si el pasado jueves nuestra práctica hubiese sido: abandónate a tus miedos y permite que el enemigo que llevas dentro sea quien coreografíe una disencia, entonces ese día hubiera sido un auténtico éxito. Porque no hay duda de que se produjo el desplazamiento más poderoso de las dos semanas: su coreografía nos desplazó a todos colocándonos en posiciones que hasta entonces no habíamos frecuentado en esos diez días: se abrió una grieta, o un socavón, donde abundaban las frustraciones, el desconcierto, los estados emocionales, la impotencia, el vértigo… Ése es el poder del enemigo que llevamos dentro, es capaz de un solo golpe desastrarlo todo y poner las cosas patas arriba. Y consiguió cambiarnos el punto de vista radicalmente. ¿Acaso no era eso lo que perseguíamos?

Estamos llenos de contradicciones y es ahí donde habita la disidencia. No hace falta irse al monte y vivir en una cueva para ser un disidente. Tan sólo basta habitar la herida para que surja la danza de las disidencias.

Son muchas las disidencias: la disidencia entre mis expectativas y lo que está pasando, la disidencia entre lo que hacemos y lo que creemos que estamos haciendo, la disidencia entre mi super elaborado discurso crítico y el cómo me pongo en juego en la práctica, la disidencia entre mi forma de vivir y mi forma de pensar… Y por supuesto nos gustaría disentir más, muchísimo más, pero no estamos dispuestos a pagar las consecuencias porque tenemos mucho que perder, más de lo que nos imaginamos.

Ahora bien: ¿cuánto disientes del enemigo que llevas dentro? ¿Cómo disientes de sus coreografías? ¿Cómo te las bailas en la herida? ¿Cómo disientes de tu disidencia ínterior? ¿Eres capaz de decirle a tu enemigo interior: “no me interesas”?

La escena disidente con la que tanto soñamos no está tan lejos ni es tan imposible, sino que la tenemos tan cerca y tan dentro que la mayor parte del tiempo no la vemos. No creo que se trate de eliminar al enemigo interior de una vez por todas, sino de saber bailarse sus coreografías y quizás entender que siempre nos quedará la potencia de convertir en material la disidencia misma, hacer que la herida sea nuestra pista de baile y sus cicatrices nuestra coreografía, cuando la herida se escribe en la piel.

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Acerca de diegonante

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Un Comentario

  1. Interesante planteamiento el que nos propones. Estoy de acuerdo contigo con que desafortunademente no fue la práctica, sino el enemigo el que (nos) coreografió el jueves.

    Efectivamente: lo que llamamos “práctica” brilló por su ausencia dado que no había práctica alguna, ni del tipo potenciador, ni del travieso (léase: alíate con tu enemigo y deja que se las baile).

    ¿No es cierto que, desde la práctica, hemos podido ‘habitar la herida para que surja la danza de las disidencias’ alguna vez durante estas dos semanas? Además de entregarnos a los quehaceres enemigos y dado que nos hemos pasado 10 o 12 días ‘practicando’ (no sólo para aprender y/o entender sino para dejar que éstas nos auto-determinen, -bien desde los deseos impropios del enemigo o desde la potencia- o ambas a la vez) propongo prestar atención a la ‘ausencia de práctica’ del Jueves.

    Me atrevo a pensar que quien escribe este post fue precisamente el que no tuvo que habitar la herida ya que era el único quien si parecía saber lo que la práctica era: ay…contenedor, la práctica…la que nos permite tomar distancia o abrazar tiernamente al enemigo.

    ¿Es interesante entregarse al enemigo sólo para destruir y despotenciar(nos)? quizá podríamos capitalizar un poco más al enemigo. Es decir, no sólo dejar que ruja sino, prestarse a su sonido y dejar que éste construya potencias y para eso necesitamos inventar y ‘socializar prácticas’ (modos y FORMAS de hacer) que le bailen al lado (placer) y no de frente (desesperación).

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